lunes, 16 de febrero de 2009

Ese maldito Yo, al margen de la existencia




Ese maldito Yo




Parte 1: Al margen de la existencia


Aridez grandiosa, sobrenatural: es como si comenzase para mí una segunda existencia sobre otro planeta en el que la palabra fuese desconocida, en un universo reacio al lenguaje e incapaz de crearse uno.


No se habita un país, se habita una lengua. Una patria es eso y nada más.


Hay algo de charlatán en todo aquel que triunfa, sea en la materia que sea.


Una visita a un hospital, y cinco minutos después, se hace uno budista si no lo es ya, o vuelve a serlo si había dejado de serlo.


En el tren, enfrente de mí, una mujer de una fealdad indecente roncaba con la boca abierta: una agonizante inmunda. ¿Qué hacer? ¿Cómo soportar semejante espectáculo? –Stalin vino en mi auxilio. En su juventud, mientras pasaba entre dos filas de esbirros que le azotaban, se absorbió totalmente en la lectura de un libro, de manera que su atención se desvió de los golpes con los que se le gratificaba. Valiéndome de ese ejemplo, me sumergí yo también en un libro, deteniéndome en cada página con una extremada aplicación, hasta el momento en que el monstruo dejó de agonizar.


Decía el otro día un amigo que, a pesar de no creer ya en la escritura, no querría sin embargo renunciar a ella, que trabajar es una ilusión defendible y que tras haber emborronado una página o simplemente escrito una frase me entran siempre ganas de silbar.


Las religiones, al igual que las ideologías, que han heredado sus vicios, no son en el fondo más que cruzadas contra el humor.


Todos los filósofos que he conocido eran, sin excepción, impulsivos.
La tara de Occidente ha afectado incluso a quienes deberían haberse hallado exentos de ella.


Ser como Dios y no como los dioses: ése es el objetivo de los verdaderos místicos, los cuales no son lo suficientemente modestos como para rebajarse al politeísmo.


Se me invita a un coloquio en el extranjero, porque necesitan, al parecer, mis vacilaciones.
El escéptico al servicio de un mundo agonizante.


Abuso de la palabra Dios, la utilizo con frecuencia, con demasiada frecuencia. Lo hago cada vez que alcanzo un extremo y necesito un vocablo para nombrar lo que hay después. Prefiero Dios a lo Inconcebible.


Descubro indefectiblemente un comienzo de desbaratamiento en todos aquellos a quienes les interesan las mismas cosas que a mi…


Tras tantos años, tras toda una vida, volví a verla. «¿Por qué lloras», le pregunté de entrada. «No lloro», me respondió. Y en efecto no lloraba, me sonreía, pero habiendo la edad deformado sus rasgos la alegría no podía ya acceder a su rostro, en el que se hubiera podido leer: «Quien no muera joven, se arrepentirá tarde o temprano».


No deberíamos molestar a nuestros amigos más que para nuestro entierro. Y aún así…


Quien vive demasiado malogra su… biografía. En resumidas cuentas, sólo pueden considerarse plenamente realizados los destinos rotos.


«Dios no ha creado nada que odie más que este mundo y tanto lo odia que desde el día en que lo creó no ha vuelto a mirarlo.»
No sé quién fue el místico musulmán que escribió esto, ignoraré siempre el nombre de ese amigo.


Retirado en el campo tras la muerte de su hija Tulia, Cicerón, invadido por la tristeza, se escribía a sí mismo cartas de consuelo. Lástima que se hayan perdido y, más aún, que esa terapéutica no se haya convertido en algo corriente. Cierto es que si hubiera sido adoptada, las religiones habrían fracasado desde hace tiempo.


El patrimonio que más nos pertenece: las horas en que no hemos hecho nada… Son ellas las que nos forman, las que nos individualizan, las que nos vuelven desemejantes.


Un psicoanalista danés que padecía jaquecas tenaces y había sido tratado sin resultado por un colega, fue a ver a Freíd, quien le curó en algunos meses. Es este último quien lo afirma y no nos cuesta creerle. Un discípulo, por muy mal que esté, es imposible que no se encuentre mejor en contacto cotidiano con su Maestro. Qué maravillosa cura ver a quien más se estima en el mundo interesándose tanto tiempo por nuestras miserias. Pocas enfermedades se negarían a desaparecer ante semejante solicitud. Recordemos que el Maestro tenía en este caso todas las características de un fundador de secta disfrazado de hombre de ciencia. Si obtuvo curaciones fue menos a causa de su método que de su fe.


Las hazañas sólo son posibles en las épocas en que la auto-ironía no ha hecho aún estragos.


Su destino fue realizarse a medias. Todo estaba truncado para él: su manera de ser tanto como su manera de pensar. Un hombre de fragmentos, fragmento él mismo.


Al abolir el tiempo, el sueño suprime la muerte. Los difuntos se aprovechan de ello para impotunarnos. (…) Me desperté diciéndome que sólo se resucita como un intruso, como un aguasueños, que es inmortalidad inorportuna es la única que existe.


¿Por qué tras haber hecho una buena acción se tienen ganas de seguir una bandera, cualquier bandera?





Autor: Emil Michel Cioran

Fotografía
Dan Duncan

Photo Artist Link:
http://dan-duncan.deviantart.com/

1 comentario:

Rodericus Ignatius XVII dijo...

Excelente... me gusta su selección de los aforismos de Ese Maldito Yo. Gracias por la visita, saludos, R.I.